Todo por hacer

Por Martín Paoltroni

martinpaoltroni@gmail.com

En 2010 la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo, marcó un punto de inflexión en el movimiento por la diversidad sexual en Argentina. Unidos bajo la consigna de igualdad de derechos para to@s,  los activistas y militantes LGTB participaron de un proceso revolucionario. Por primera vez en la historia nacional, la sexualidad apareció como el gran tema a discutir en las distintas esferas de la sociedad. Medios de comunicación, familias, movimientos populares, políticos y demás actores sociales tomaron entre sus manos una problemática postergada en el tiempo por las inequidades de un sistema heteronormativo que excluyó sistemáticamente cualquier atisbo de sensatez que pudiera imprimirse a esta discusión.

Si en 1869 el jurista Karl Heinrich Ulrichs le exigía a la comunidad médico-científica que se hiciera cargo de la denominada temática homosexual para evitar el castigo que imponía el código civil prusiano a las “relaciones sexuales contra natura”, más de cien años después y con miles de muertos en el camino, las organizaciones por la diversidad y los partidos políticos salieron a la calle para romper este paradigma de estigmatización y dolor, y redoblaron la apuesta en una batalla política y cultural pocas veces vista. La conquista obtenida aquella fría madrugada del 15 de julio, significó el primer logro de una nueva era donde el estado aparece como garante de derechos históricamente vulnerados, y reconoce la existencia de relaciones afectivas que escapan a las pautas culturales hegemónicas.

Sin embargo, es preciso remarcar que no estamos frente al punto máximo de la lucha, sino en las puertas de un nuevo período que hoy más que nunca necesita del compromiso y la participación de los pueblos para concretar la realización de comunidades igualitarias donde se reivindique el derecho a la diferencia y autodeterminación de las personas en sus identidades. En este sentido, la normatización de nuestros cuerpos y los estereotipos vigentes, representan un obstáculo en la realización de una sociedad donde la palabra igualdad goce de un valor real.

Por otra parte, resulta urgente terminar con esta farsa de la diversidad como si se tratara de un tema colorido, y entrar en contacto con la realidad a partir de las experiencias de discriminación y homofobia que testimonian nuestros jóvenes en la cotidianeidad de sus senos familiares que, en muchos casos, todavía no asumen la existencia de orientaciones e identidades diferentes y legítimas. A su vez, es necesario trasladar este panorama al ámbito laboral donde también aún aparecen claras muestras de exclusión tanto en el colectivo de personas trans, como en jóvenes gays que son despedidos por esta cuestión.

La militancia por la diversidad sexual debe ser entendida en un marco general de lucha, donde la participación transversal de las organizaciones no gubernamentales, movimientos sociales y partidos políticos represente el eje en los cursos de acción. Aún tenemos todo por hacer. El desafío está abierto.

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